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El aula de la furia trans

Por: Sergio Camacho Iannini, periodista.

Un pliego de papel colgaba del tablero. En letras azules y en la parte superior de éste estaba el título: “Sueños trans”. Matilda, una de las profesoras, dio la instrucción: “piensen en su mundo ideal”. Cada persona en el aula de clases escribió su sueño en un papel adhesivo, se levantó de la silla y lo pegó en el pliego de papel. Se veían caras pensativas, emocionadas y llenas de ilusión. Límites, no había.

“Trabajar para poder pagar un semestre”, “educación sin barreras”, “miradas sin prejuicios”, “garantías para una vida digna”, “un mundo sin estigmas ni discriminación”, “acceso a la salud”, “trans que ocupen el espacio”, “no repetición de la violencia”, “participación política para las personas trans”, “romper el círculo de la pobreza”, “derecho a la familia”. Estas fueron algunas de las frases que quedaron plasmadas en el papel.

Así comenzó en la Universidad de los Andes el curso Políticas trans nacionales e internacionales: tensiones y avances en los derechos de las personas trans, el primero de su tipo en el país.

Mientras leíamos lo que cada persona había escrito en el papel de ‘Los sueños trans’, una de las estudiantes preguntó: “¿cómo es el uso de los baños?”. A cualquiera podría parecerle ridícula la pregunta, pero las personas trans tienen que hacérsela, pues en un mundo en el que los baños se dividen en dos géneros, femenino o masculino, pueden ser acusadas de entrar al baño incorrecto, en el mejor de los casos, o en el peor, pueden ser víctimas de comentarios ofensivos, acoso y hasta violencia.

Esta es solo una de las tantas formas de violencia que sufren las personas trans. La pregunta del baño y los sueños que quedaron escritos en el papel fue una sacudida necesaria para quienes no lo somos. Me explico: al ser “marica” hago parte de una minoría, pero en realidad tengo unos privilegios dentro de esa minoría. Primero: soy un hombre en una sociedad machista; segundo: soy un hombre blanco en un país racista; tercero: soy un hombre blanco que fue a la universidad en un país en el que el porcentaje de quienes pueden acceder a la educación superior es una vergüenza.

“Al ser ‘marica’ hago parte de una minoría,
pero en realidad tengo unos privilegios
dentro de esa minoría”

Cada vez que leíamos en voz alta cada sueño, me hacía a mí mismo la pregunta: “¿Sueño con acceder a la salud?, ¿sueño con poder estudiar?, ¿sueño con tener una familia?, ¿sueño con poder caminar por la calle sin que me agredan?”. La respuesta era no. Sus sueños, tan cotidianos, tan aparentemente simples, son para mí una realidad desde que nací.

Este curso me ayudó a entender por qué las personas trans muchas veces no se sienten representadas en las agendas LGBT. Y tienen razón: es imposible negar que deben lidiar con el rechazo y la exclusión de un mundo que les dice que no está bien ser como son, que les dice que están enfermas y que se niega a reconocer la existencia de mujeres con pene y de hombres con vagina. Pero también me ayudó a entender que lesbianas, gais y bisexuales, no hemos logrado comprender que las personas trans necesitan algo más que leyes que les permitan acceder al matrimonio y a la adopción igualitaria. En muchas ocasiones, nos hemos acostumbrado a usar la sigla LGBT, pero no entendemos que detrás de cada letra que la compone hay una historia, y esa T es invisible.

“Nos hemos acostumbrado a usar
la sigla LGBT,
pero no entendemos que detrás
de cada letra que
la compone hay una historia,
y esa T es invisible”

Basta con leer sus sueños, que en realidad también son derechos que cualquier ser humano debería tener: una familia, acceso a la salud y a la educación, para entender la violencia y exclusión de la que son víctimas. No se trata de querer parecerse a alguien más o de entrar en el estándar de mujeres y hombres heterosexuales. Se trata de una vida digna en la que puedan ser libres de ser como son.

 

Tremenda experiencia

 

Un aspecto a resaltar del curso es la forma en que logró mezclar la academia con la vida real. Leímos y escuchamos a investigadoras e investigadores que se han dedicado a estudiar diferentes temas como la violencia contra personas trans, las políticas y movimientos trans; también leímos informes y sentencias que hablan sobre sus vidas y los problemas que tienen que enfrentar, solo por no encajar en una categoría que nos limita a mujeres femeninas y hombres masculinos y que no se atreve a hablar de sexualidades diversas.

Pero también hicimos trabajo de campo. Pasamos una mañana en la sede de la Red Comunitaria Trans y luego hicimos un recorrido por el barrio Santa Fe, un lugar lleno de contrastes, al que muchas personas trans llegan en la búsqueda de oportunidades que la vida, el estado y la sociedad les han negado. Es allí donde encuentran la familia que por años llevan buscando, en donde deben dedicarse al trabajo sexual para poder pagar un cuarto y algo de comer. Sí, es un trabajo. “Nosotras no vendemos el cuerpo, prestamos un servicio”, recuerdo que dijo una de las chicas.

¿Son adecuadas esas condiciones? probablemente, no. Allí también sufren agresiones por parte de la policía y, quienes manejan los negocios, les cobran más por un arriendo, por un tomate o por un medicamento, solo por el hecho de ser trans. Hay fronteras invisibles que dividen el barrio entre mujeres cisgénero (mujeres cuya identidad de género está alineada con el sexo que les asignaron al nacer), chicas trans operadas, no operadas y ‘pollas’ (las más jóvenes). Cruzarlas es peligroso. Hay que entender que el barrio les ha dado alegrías y tristezas. Han sentido que se les va la vida, pero también, a través de fundaciones y redes, han logrado encontrarle de nuevo un sentido.

“Cuando solo tienes una maleta y la ropa que llevas, no tienes un proyecto de vida. Quería morirme. Cuando salía a trabajar pensaba: ‘El cliente me puede matar. El policía me puede matar. El de la ‘olla’ me puede matar’. Ahora hemos descubierto que tenemos afinidad con el arte, con el baile, con la cocina; buscamos romper la cotidianidad y buscar otras oportunidades”, dijo una de las chicas que hace parte de una red que incide en Santa Fe y que busca que las personas trans se unan para obtener un reconocimiento no solo jurídico sino como seres humanos con derechos.

No quiero extenderme más en el barrio Santa Fe, no creo que sea justo. Era la primera vez que entraba y que no lo veía desde un carro o desde un TransMilenio camino a la universidad. No todo es blanco o negro, como en muchas ocasiones lo pintan los gobiernos de turno o los medios de comunicación. Y, si algo me enseñó este curso, es a tener cuidado con los juicios que hago de lo que no conozco.

Y es que no conocemos a las personas trans, no conocemos sus problemas, ni las escuchamos. En el salón yo era una minoría entre las mujeres y hombres trans que decidieron tomar el curso, así que aproveché la oportunidad de escuchar las intervenciones en las discusiones que tuvimos. Descubrí mucha soledad, tristeza y rabia, pero también unas ganas inmensas por estudiar, por trabajar, por salir adelante, por ayudar a otras personas, por no dejarse de una vida y un mundo que insiste en hacer como si no existieran. Descubrí discursos llenos de palabras poderosas. Como dijo una de ellas: “No nos vamos a quedar como las vulnerables”.

“Descubrí mucha soledad, tristeza y rabia, pero también unas ganas inmensas por estudiar, por trabajar, por salir adelante, por ayudar a otras personas”

El último día del curso se escuchó a todo pulmón, en el aula 401 del edificio Carlos Pacheco Devia, de la Universidad de los Andes, un: “¡¡¡Furia trans!!!”.

La furia trans está emergiendo para luchar por un mundo igualitario, pero ese cambio tiene que partir de las personas trans. No puede ser que luchemos por cambios políticos y culturales sin tener en cuenta sus historias, sus vidas, sus palabras. Ellas tienen un lugar en el mundo y no están dispuestas a hacerse un lado. Tenemos, como sociedad, una deuda enorme y lo justo es acompañarlas en su batalla. Personalmente, hice un tránsito de un desconocimiento profundo sobre sus vidas a entenderlas un poco más. Las y los invito a hacer lo mismo.